martes, agosto 22, 2006

LA TAREA DE ENSEÑAR



Lectura bíblica: 1 Timoteo 3:2.

Propósitos de la charla: Que el discípulo comprenda que el llamado a la enseñanza es universal; que identifique el área en la cual habrá de ejercer su capacidad de enseñar; que conozca y aplique los cuatro pasos fundamentales del proceso enseñanza–aprendizaje y los principios prácticos para una aplicación efectiva.

El hombre desde que es humano enseña a las nuevas generaciones: los padres enseñan a los hijos (Proverbios 4:1-4); los ancianos enseñan a los nietos, en la antigüedad los hechiceros y sacerdotes se hicieron cargo de la enseñanza religiosa. En la Historia Sagrada vemos a Dios enseñando al Hombre (Deuteronomio 32:1,2).

Cuando pequeños no estamos en posición de enseñar, aunque en forma indirecta un niño pueda enseñar. Jesús puso como ejemplo para vivir en el Reino, a un niño. Cuando adquirimos la capacidad o posición de liderazgo, recién allí podemos enseñar (jefe de curso, líder de pandilla, guía scout, dirigente político, líder eclesial, etc.). Al ser padres y madres, automáticamente comenzamos a ejercer la enseñanza.

El llamado a la enseñanza.
Hay quienes optan como profesión el enseñar: los profesores, educadores de párvulos, rehabilitadores, etc. En el ámbito cristiano quien guía a un hermano, enseña; los pastores y los que discipulan, enseñan; los responsables de grupos, ejercen la enseñanza de otros.

Los cinco ministerios ejercidos por ministros de la Iglesia, son ministerios de enseñanza. El apóstol es uno que enseña la edificación del Cuerpo de Cristo; el profeta es uno que enseña las visiones del Reino; el evangelista es el que enseña al mundo el camino de salvación; el pastor enseña a vivir la vida cristiana; y el maestro es un educador por excelencia, él enseña toda la doctrina (Efesios 4:11-13).

Entre el teólogo y el maestro hay algunas diferencias. El teólogo es un filósofo especializado en el estudio de las verdades de Dios; en cambio el maestro es un ministro de la Iglesia. El teólogo también puede ser un ministro. El maestro debe tener don de ciencia y sabiduría, en cambio el teólogo no necesariamente; puede ser meramente un intelectual de la fe. El maestro en la Iglesia está para discernir la doctrina y enseñarla con sabiduría (1 Timoteo 4:13; Tito 1:9, Tito 2:7).

Todos los cristianos hemos sido llamados por Dios para enseñar, al darnos la tarea de transmitir el Evangelio. Cada uno lo hará de acuerdo a su nivel de desarrollo. Por lo tanto, debemos capacitarnos para enseñar. Él desea usarnos para el desarrollo espiritual de otras personas, cristianas y no cristianas. Él quiere utilizarnos en la tarea de enseñar y esta misión es para todos los cristianos.

Tipos de enseñanza.
Hay dos grandes tipos de enseñanza, de acuerdo al objetivo que se proponen: 1) enseñanzas para edificación y crecimiento cristiano; y 2) enseñanzas evangelizadoras. Las primeras son para los cristianos, las segundas para los que aún no se han convertido.

En el primer grupo, a su vez, podemos diferenciar: a) enseñanzas para la vida práctica; b) enseñanzas para la sanidad interior y el desarrollo personal; c) enseñanzas para la vida devocional; d) enseñanzas doctrinales; e) enseñanzas para la multiplicación y el liderazgo (Romanos 15:4).

En el segundo grupo pueden estar todas las anteriores, tratadas de un modo sencillo, sin profundidades teológicas, a objeto de conducir a las personas al conocimiento de Cristo y a su conversión. En cambio las enseñanzas del primer tipo están destinadas a producir la imagen de Cristo en cada cristiano.

La pregunta que cada uno debe hacerse en la Iglesia es ¿qué tipo de enseñanza quiere transmitir Dios a través de mí?

El proceso de enseñanza de la Palabra de Dios.
Establecido el contenido de la enseñanza que nos corresponde entregar a la Iglesia y la sociedad; habremos de enfrentar el modo, manera o metodología a utilizar para ello. ¿Qué enseñanza quiere transmitir Dios a través de mí? es una pregunta que apunta al "contenido". ¿Cómo vamos a transmitir ese contenido? nos lleva a la búsqueda de una "metodología". A tal efecto la ciencia Pedagógica nos puede ser de gran ayuda. Dios hizo al ser humano muy complejo y son muchas las funciones, como ya hemos visto, que se dan en la vida humana. A cada una, sus procesos y dificultades, corresponde una ciencia. Si el cuerpo o la mente se enferman, acude en su auxilio la Medicina. La ciencia que estudia como aprende el ser humano es la Pedagogía. De acuerdo a ella, el aprendizaje es un proceso: el proceso de enseñanza–aprendizaje.

Anteriormente hablamos de la necesidad que tenemos todos de capacitarnos para enseñar. A la hora de enseñar la espiritualidad y las relaciones del ser humano con Dios, debemos tener en cuenta este proceso, cuyos pasos serían los siguientes:

1) Conocer la Palabra de Dios.
La fe comienza en el acto más sencillo y en el que menos intervención humana hay: la audición. "Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios" (Romanos 10:17). Ya que toda la vida cristiana empieza con este paso, la gente tiene que entrar en contacto con la Palabra de Dios, conocerla.
"Ahora bien, ¿cómo oirán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y quién predicará sin ser enviado? Así está escrito «¡Qué hermoso es recibir al mensajero que trae buenas nuevas!»" (Romanos 10:14). Esto significa que debe haber alguien que la enseñe y otro que reciba la enseñanza.

2) Comprender la Palabra de Dios.
Esto significa que sabemos lo que ella importa para nuestra vida diaria. Cuando impartimos una enseñanza, el discípulo debe comprender qué significa para su propia vida. Una manera en que podemos evaluar que el discípulo comprende la Palabra de Dios es cuando él puede explicarnos con sus propias palabras la enseñanza bíblica entregada. El discípulo puede expresar esa comprensión por medio de decir qué entendió o construyendo un instrumento en el que muestre tal comprensión. El instrumento dependerá de las capacidades del discípulo. Puede expresar oralmente lo que entendió de la enseñanza, hacer un dibujo, un cuadro sinóptico, un ensayo, participar en un debate, crear un trabajo manual, participar en una representación teatral, etc. pero la mejor comprensión de la enseñanza se expresará en la aplicación a su propia vida (Romanos 12:2).

3) Valorar la Palabra de Dios.
El discípulo debe tener una fuerte convicción de que la Palabra de Dios es lo mejor para su vida y para el mundo. Su convicción en la Verdad debe llegar hasta el extremo de estar dispuesto a guiar su vida por ella. Su fe en los principios bíblicos deben hacer que ésta sea su norma de creencia y de conducta. "¡Oh, cuánto amo tu ley! Todo el día es ella mi meditación" dice el salmista (Salmo 119:Mem,97-104).

Un discípulo de Cristo está plenamente convencido de que su vida debe vivirse haciendo la voluntad de Dios tal como se presenta en la Sagrada Escritura. El convencimiento incluye el hecho de que los principios bíblicos deben obedecerse en todas las áreas de la vida y con una actitud de alabanza y entusiasmo. Cuando tropieza con alguna dificultad, el discípulo no desmaya, sino con toda convicción dice como el apóstol: "Sé en quien he creído y estoy seguro" (2 Timoteo 1:12b).

4) Experimentar la Palabra de Dios.
Este es el último paso del proceso enseñanza–aprendizaje, sin el cual no podemos decir que realmente se ha enseñado. Cuando el discípulo comienza a vivir de acuerdo con lo que se le ha enseñado de la Palabra de Dios, entonces podemos decir que la ha aprehendido y aprendido. Todo principio bíblico presentado debe ser vivido. No es la verbalización lo que hará cambiar al mundo, sino la vivencia, la experimentación. El testimonio más fuerte no es nuestra declaración de fe sino que nuestra vida. El que verdaderamente ha aprendido la Palabra de Dios, cambia su forma de vida pues ella "es viva y poderosa y más cortante que toda espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos". (Hebreos 4:12). Una experiencia así nos conduce a la transformación. Experimentar la Palabra de Dios es vivir a Cristo (Efesios 4:20,21).

Pero tengamos en cuenta, además, que los cristianos no sólo aprendemos de la Biblia sino también de las circunstancias del "libro de la vida" y su reflexión; de las enseñanzas de nuestros tutores, maestros y pastores; y de la revelación del Espíritu Santo.

Conocer, comprender, valorar y experimentar la Palabra de Dios, son los cuatro pasos fundamentales del proceso enseñanza–aprendizaje de la espiritualidad. ¿Estamos aplicándolos adecuadamente en nuestra misión de enseñar a nuestro prójimo y hermanos? Esta es una pregunta que cada cristiano debe responderse con sinceridad.

La Enseñanza Cristiana
La Palabra de Dios precisa que "El dirigente... debe ser apto para enseñar" (1 Timoteo 3:2) y "Mientras llego, dedícate a leer en público las Escrituras, a animar a los hermanos y a instruirlos" (1 Timoteo 4:13).

La enseñanza juega un rol importantísimo en el desarrollo cristiano. Este es el ministerio principal que deben ejercer los ministros de una comunidad, junto a la orientación, la sanidad y la vida devocional. En la medida que la enseñanza sea clara, organizada, planificada, secuenciada y apunte a objetivos definidos, se logrará en forma más rápida el progreso de los discípulos.

Queremos hacer del discípulo, su familia y la comunidad, verdadera imagen de Jesucristo aquí en la tierra y la Nueva Jerusalén de Dios. para esto es necesario que la mente sea alimentada con conocimientos sencillos pero profundos, prácticos y con un respaldo teológico sólido, frutos del estudio y la profundización de las Escrituras.

Tiene aquí un papel fundamental el maestro, conocedor de la doctrina y de las metodologías más adecuadas para transmitirla al discípulo. Recordemos que el discipulado cristiano más que un traspaso de información se propone la "formación" de las vidas.

Principios de la Enseñanza Cristiana.
La enseñanza está dirigida al intelecto y tiene como propósito la comprensión de los procesos por los que pasa el alma en el Reino de Dios, la toma de conciencia del pecado y la condición espiritual de la persona, el cambio de actitud frente a Dios y el prójimo y la revelación de cual es Su voluntad para nuestras vidas.

Para esto el maestro debe esgrimir con destreza la Palabra de Dios, de acuerdo a la necesidad del individuo o grupo que la recibe. También debe considerar algunos principios propios del aprendizaje humano: exploración o diagnóstico, planificación de las acciones con objetivos claros, graduación de la enseñanza, motivación previa para despertar el interés, aprobación o premio para estimular o reforzar y repetición o confirmación de los aprendizajes.

La "exploración" es el primer paso que todo ministro debe realizar antes de comenzar cualquier enseñanza o proyecto. ¿Cuál es la condición de los oyentes, la iglesia o los discípulos? Esto fue lo que hizo Nehemías antes de restaurar las murallas y puertas de Jerusalén: inspeccionó la ciudad, hizo un diagnóstico de la realidad y en base a eso planificó luego la obra. Un buen diagnóstico hecho a través de una conversación profunda, observación constante y convivencia con las personas, nos permitirá conocer acabadamente sus capacidades, deficiencias, intereses y expectativas, a objeto de aplicar la enseñanza adecuada (Nehemías 2:11-15).

La "planificación" es el segundo paso necesario para la edificación de las vidas mediante la enseñanza. Dios todo lo organiza, nada es al azar y es Su mismo espíritu quien nos guiará en nuestra acción. La enseñanza debe ser planificada de modo que los discípulos crezcan rectamente, orientados por la sana doctrina. Así es que ante una vida o comunidad, en segundo término debo plantearme ¿qué objetivo me propongo lograr? De seguro este será lograr una nueva virtud o un nuevo conocimiento (Proverbios 16:9).

La "graduación" de la enseñanza en temas secuenciados desde los más simples y rudimentarios hasta los más profundos y complejos, es el tercer principio que nunca debemos olvidar. No podemos pasar a conocimientos superiores si no dominamos los básicos. Es así que hay enseñanzas para cada etapa de crecimiento espiritual. Mientras más avanzada la enseñanza exige un mayor compromiso, por tanto no es conveniente entregarla a quien no esté capacitado para cumplirla. La enseñanza para los discípulos aprendices y fieles ha de ser clara y muy práctica, en cambio para responsables, obreros y ministros deberá impartir responsabilidad y una mayor visión (Hebreos 6:1-2).

La "motivación" previa es una verdadera carnada o envoltorio llamativo que despierta el interés, cuarto principio a manejar por el buen maestro. Una parábola interesante, un diálogo con los oyentes, un dibujo, un texto bíblico entretenido, un testimonio, pueden ser excelentes motivadores antes de iniciar una enseñanza. En esto debemos ser muy creativos, como lo fue Jesús el Maestro, y no desechar métodos, por inusuales que nos parezcan, lo importante es mantener y atraer la atención del discípulo (San Juan 4:7-15).

La "aprobación" o premio para estimular una buena conducta es otro principio bíblico de la enseñanza, el quinto que refuerza positivamente los logros del discípulo. Nunca debemos dejar pasar las buenas acciones y cualidades del hermano sin aprobarlo, reforzarlo con una palabra de aliento, estímulo, aprobación: ¡qué bien lo hiciste! Esto da seguridad y es una expresión del amor de Dios en nosotros; lo opuesto es frialdad, indiferencia, falta de caridad. Si aprobamos al discípulo, al esposo, la esposa, los hijos, el compañero de trabajo, cuando triunfan, ellos crecerán en autoestima y Dios nos aprobará a nosotros (Hebreos 11:6).

La "repetición" o confirmación de las enseñanzas es el sexto y último principio, tan utilizado por los apóstoles. La memoria es frágil y retiene tan sólo un 25% de lo escuchado. De allí que sea necesario que siempre estemos repitiendo y profundizando las enseñanzas, como así también estemos leyendo, estudiando, meditando y memorizando la Palabra de Dios. No importa cuantas veces repitamos un mismo tema. Incluso es necesario que así sea hasta que la mente lo penetre enteramente y esta enseñanza se haga vida en nosotros. No es bueno saltar de un tema a otro, sino profundizar uno y repetir, hasta que se logre el objetivo (2 Pedro 1:12).

BIBLIOGRAFÍA.
Dr. Juan Carlos Ortiz; "El Discípulo", 1977.
Rafael Serrano;
http://www.monografias.com/trabajos6/fubi/fubi.shtml#ense

miércoles, julio 12, 2006

APRENDER A JESÚS





Lectura bíblica: San Mateo 11:29

Propósitos de la charla: Que el discípulo conozca que dice la Biblia acerca de la capacidad de aprender y busque el aprendizaje espiritual aprendiendo a Cristo.



A través de estas charlas hemos visto que Dios ha dado al hombre diversas capacidades: creer, sentir, pensar, hablar, actuar o hacer, juzgar. ahora analizaremos otro aspecto muy importante y que nos diferencia del resto de los seres que viven en la tierra, la capacidad de aprender.

EL APRENDIZAJE ES INHERENTE A LA VIDA
Todos los seres vivos aprenden, desde la ameba hasta el orangután; desde la más humilde de los helechos hasta el ser humano. El hombre y la mujer pueden aprender. Se aprenden ideas, conceptos, normas, sentimientos, movimientos, actitudes, modales, valores, técnicas, oficios y profesiones. Aprender es incorporar a mi persona esquemas nuevos de comportamiento mental, afectivo, motriz y social. Aprender significa que aquella conducta no la tenía antes. Por lo tanto aprender es mejorar, desarrollarse, crecer.

Dios no aprende porque es perfecto y Omnisapiente, lo sabe todo. Jesús tuvo que aprender, en tanto fue hombre, pero como Dios su aprendizaje lo hizo de un modo perfecto. Nos preguntamos ¿tendrán que aprender los ángeles? Aprenderán que no es conveniente abusar del amor de Dios y desobedecerle, como lo hizo Satán que escogió la rebelión. Si los ángeles no tuviesen libre albedrío, Lucifer no se habría rebelado contra el Señor.

Lo más importante que el hombre necesita aprender es a respetar a su Creador; que la felicidad sólo se encuentra en Cristo; que la vida no termina con la muerte; que en esta vida tenemos una oportunidad de reconciliarnos con Dios en Cristo; que Jesús ha muerto por nosotros y que es su deseo que hagamos nuestro ese sacrificio. Si aprendemos estas verdades fundamentales seremos felices

Necesitamos aprender a vivir, aprender la enfermedad, a tener un hijo, a perder seres amados, aprender la amistad, a tener enemigos, la persecución, aprender una profesión, aprender la pobreza y la riqueza, y por último aprender a morir. Estamos en este mundo para aprender a relacionarnos con Dios. Fuimos enviados para aprender. Por las buenas o por las malas el Señor nos brindará ese aprendizaje. En el caso de los cristianos, estamos aprendiendo a ser ciudadanos de un Reino, siervos obedientes de un Rey. Nuestro mayor desafío es aprender a vivir hoy bajo y en el Reino de Dios; para vivir un día, si somos fieles, en el Reino Milenial de Cristo; o bien en el Reino de los Cielos, por una eternidad.

EL APRENDIZAJE ESPIRITUAL
¿Qué nos enseña la Biblia acerca de esta importante capacidad? A continuación veremos tres aspectos del aprendizaje mostrados en la figura de Jesucristo. Estos aspectos están referidos al aprendizaje espiritual, el aprender a ser buenos cristianos, verdaderos discípulos del Cristo. El primero es como Jesús nos dio su ejemplo; el segundo es la actitud correcta para ese aprendizaje, y el tercero es la naturaleza sobrenatural de ese aprendizaje de Jesús.

Jesús nos dio ejemplo de aprendizaje.
“Por lo que padeció aprendió la obediencia” (Hebreos 5:8)
Dios se hizo hombre y como tal se sometió a todas las condiciones de la naturaleza humana, entre las cuales está la de aprender de otros. Se sometió a sus padres humanos, “estaba sujeto a ellos” (San Lucas 2:50) y los respetó como autoridad; se sujetó a los maestros o rabí de su pueblo, quienes le enseñaron las Escrituras y también a las autoridades eclesiásticas y civiles. En todo demostró en Si mismo lo que hoy nosotros debemos hacer, obedecer. Como hombre debía someter su carne aunque como Dios no necesitaba aprender pues era dueño de todo el conocimiento, pero para ser perfecto Maestro tenía que primero ser el perfecto Discípulo. Desde su infancia se somete y nos deja una gran lección a los 12 años, mostrándonos la prioridad del discípulo: “en los negocios de mi Padre me es necesario estar” (San Lucas 2:49). La lección culmina con una de sus últimas oraciones: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (San Lucas 22:42)

Jesús nos enseña con su actitud a ser como Él.
“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (San Mateo 11:29)
De su actitud humilde y obediencia absoluta al Padre, obtiene Su aprobación, lo cual queda demostrado por Su resurrección. Así mismo obtendremos nosotros el galardón si aprendemos a ser mansos y humildes como Él. La mansedumbre es una actitud muy preciada por Dios y necesaria para el aprendizaje. El alumno que no se somete al que lo enseña, poco va a adelantar en su aprendizaje; la persona que no se somete a los embates de la vida, que no agacha su orgullo, que no es flexible a las presiones, poco aprenderá de ella; el discípulo que no se somete a Jesucristo no podrá ser modelado por Él. Dios nos llama en su Palabra “ovejas” porque espera de nosotros la mansedumbre de un cordero o una ovejuela; sin embargo solemos ser más parecidos a las cabras y cabritos, por nuestra rebeldía.

Jesús se puso como ejemplo de mansedumbre y humildad para todos sus seguidores. Siendo Dios se hizo hombre, siendo hombre se hizo siervo de todos; no fue altanero, soberbio ni orgulloso, teniendo razones para defenderse e imponer Su voluntad, sin embargo fue sumiso, como un cordero fue llevado a la cruz, más obtuvo Su premio: rescató a la humanidad de las tinieblas, “vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:9,10), fue declarado Sumo Sacerdote, fue resucitado de entre los muertos y ahora vive como el Hijo del Hombre para siempre. Del mismo modo nosotros podemos conquistar la bienaventuranza en el reino venidero, si somos humildes: “Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (San Mateo 5:5).

Jesús se aprehende y aprende.
“Mas vosotros no habéis aprendido así a Cristo” (Efesios 4:20)
Uno de los textos sobre la relación que tenemos los cristianos con Jesucristo, que más me sorprende es éste. Hablando del aprendizaje del discípulo no se refiere a aprender doctrina o aprender las enseñanzas de Jesús o la Escritura, sino que habla de “aprender a Cristo”, de modo que se entiende que lo que aprendemos no es una letra, unas frases, unos textos memorizados, algo escrito en fría tinta, sino que estamos aprendiendo a una Persona. Es muy distinto aprender “de” alguien que aprender “a” alguien; si aprendo de alguien, pues esa persona me transmite algo que ella sabe, pero si aprendo a alguien, entonces yo estoy recibiendo a esa persona completa en mí mismo, dentro de mi. Esto se asemeja a esas palabras de Jesús, cuando Él se presenta como el Pan de vida: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna” (San Juan 6:54). Aprender a Cristo es como alimentarse de Él. A los primeros cristianos se les acusaba de seguir un culto antropófago porque hablaban de alimentarse de Jesucristo; mas nosotros nos alimentamos de Él como todo el cuerpo humano se alimenta de la sangre que bombea el corazón, somos uno con Cristo. Así es que podemos decir que aprehendemos, nos apropiamos, cogimos, asimos al Señor dentro de nosotros y aprendemos a ser Él.

LA BIBLIA NOS HABLA DE APRENDER
¿Qué necesitamos aprender los discípulos de Jesucristo? La Biblia nos presenta varias pistas al respecto, si seguimos el orden de aparición de la palabra “aprender”, a partir del Antiguo Testamento. Veamos qué lecciones encontramos en estos textos.

1) Aprender su palabra y temer a Dios.
“El día que estuviste delante de Jehová tu Dios en Horeb, cuando Jehová me dijo: Júntame el pueblo, para que yo les haga oír mis palabras, las cuales aprenderán, para temerme todos los días que vivieren sobre la tierra: y las enseñarán a sus hijos” (Deuteronomio 4:10)
Dios desea reunir a Su pueblo y enseñarle Su sabiduría, para que todos aprendamos de Él a través de la boca de nuestros pastores. El temor de Dios, que es pleno respeto hacia Su Persona, aceptación y sumisión a Su gobierno, Su Señorío; este es el principio de todo conocimiento, el principio de la sabiduría. En tanto estemos en esta tierra deberemos temerle a Él y esa debe ser la principal enseñanza que transmitiremos a nuestros hijos biológicos y a nuestros hijos espirituales. Aprender las palabras de Dios, temerle y traspasarlas a las nuevas generaciones es la orden de este versículo.

2) Imitar los modelos puestos por Dios y no al mundo.
“Cuando hubieres entrado en la tierra que Jehová tu Dios te da, no aprenderás á hacer según las abominaciones de aquellas gentes.” (Deuteronomio 18:9)
No imitamos al mundo sino al Señor. Él nos ha puesto delante el mejor Modelo: Su Hijo Jesucristo, el Hijo del Hombre, un Arquetipo perfecto de Su Palabra, el Verbo de Dios. Luego están los grandes hombres y mujeres de Dios de quienes la Biblia nos habla, tales como Abraham, Moisés, David, Salomón, los profetas, los Doce apóstoles, San Pablo, San Juan, San Pedro, etc. ejemplos de fe, obediencia, amor, esperanza, a imitar. Después tenemos a los santos héroes de la fe cristiana, semilla sembrada en veinte siglos de cristianismo. Finalmente los ministros vivos de Dios hoy, nuestros pastores. Tenemos mucho que aprender de Su pueblo y Su Iglesia para perder nuestra mirada en las abominaciones de la sociedad actual.

3) Comprender su voluntad y practicarla.
“Tus manos me hicieron y me formaron: Hazme entender, y aprenderé tus mandamientos.” (Salmos 119:73)
Si Él nos formó con amor, como el alfarero que amasa el barro con cariño y creatividad, Él sabe quienes somos y qué necesitamos. Él puede limpiar nuestra arcilla, lo que somos, de cualquier piedrecilla e impureza, Él puede darnos la luz para comprender el camino que debemos recorrer, para conocernos mejor a nosotros mismos, para poner por obra sus dichos. Necesitamos entender qué nos conviene y aprender Sus mandamientos. Aprender no es sólo saber, memorizar y repetir, sino aplicar, practicar, obedecer. El verdadero aprendizaje se demuestra en acciones. Podemos decir que un discípulo ha aprendido la honestidad, por ejemplo, no cuando repite todos los versículos bíblicos que tratan sobre ella, sino cuando éste se comporta en forma honesta.

4) Estar dispuestos a ser amonestados, para aprender.
“Cuando el escarnecedor es castigado, el simple se hace sabio; Y cuando se amonestare al sabio, aprenderá ciencia.” (Proverbios 21:11)
Escarnecer es hacer una grosera e insultante expresión de desprecio hacia otra persona, de un modo persistente, con el objeto de afrentar y ofender. El sencillo, inocente e ingenuo es más sabio que el escarnecedor de su prójimo. Si se amonesta al escarnecedor, éste es orgulloso y no reconoce su culpa; en cambio el sabio se enriquece con la amonestación, aprende la ciencia de vivir, aprende de Dios. Esta es la correcta actitud que debemos guardar, estar dispuestos a ser amonestados, para aprender.

5) Estemos advertidos: los impíos no aprenderán justicia.
“Alcanzará piedad el impío, y no aprenderá justicia; en tierra de rectitud hará iniquidad, y no mirará a la majestad de Jehová.” (Isaías 26:10)
Aunque Dios tenga misericordia de él, el impío no aprende justicia. Donde se le trata bien, donde gobierna la bondad y el amor, donde prima la rectitud, el impío sigue siendo un injusto, pecador, que no reconoce el gobierno de Dios, no mira ni ve la autoridad y el Señorío de Cristo. Es bueno pensar que el ser humano puede cambiar, pero la Palabra nos advierte que hay muchos impíos que jamás aprenderán justicia.

6) Tengamos esperanza: muchos aprenderán
“Y los errados de espíritu aprenderán inteligencia, y los murmuradores aprenderán doctrina.” (Isaías 29:4)
Pero hay otras almas que sí tienen esperanza, aquellos que están equivocados y que, por nuestras palabras y testimonios, se volverán de su confusión y descubrirán la Verdad. Aún aquellos que están mal acostumbrados al chisme, al pelambre, a la murmuración, podrán ser advertidos y alcanzados por la Palabra de Dios, aprender y cambiar. Una cosa es aprender inteligencia y otra aprender doctrina. La primera es adquirir una capacidad para ver la realidad espiritual, el don de inteligencia (Isaías 11:2); la segunda es comprender una enseñanza y a la luz de ella, arrepentirme, cambiar de actitud.

7) En la eternidad seguiremos aprendiendo
“Y cantaban como un cántico nuevo delante del trono, y delante de los cuatro animales, y de los ancianos: y ninguno podía aprender el cántico sino aquellos ciento cuarenta y cuatro mil, los cuales fueron comprados de entre los de la tierra.” (Apocalipsis 14:3)
Habrá un cántico de adoración en los cielos que sólo podrán aprender los que se encuentren entre los escogidos por Dios. El número señalado es un múltiplo de doce. Este representa a los Doce apóstoles, progenitores espirituales de las doce tribus de la Iglesia, los cuales se han multiplicado en miles y miles de vidas renovadas por Cristo. Sólo los que le hemos reconocido podemos entonar el cántico nuevo de adoración al Señor, porque tenemos Su Espíritu Santo. Hay un aprendizaje que no depende de nuestra capacidad sino de Dios. Cuando estemos en la presencia de Dios, seguiremos siendo enseñados por Él, aprenderemos la mejor y suprema adoración.

MI TESTIMONIO DE APRENDIZAJE
Finalmente, deseo compartir con ustedes, queridos discípulos, el testimonio de mis aprendizajes. En estos 53 años de vida no han sido pocas las enseñanzas del Señor. He aprendido en estos años de vida, a lo menos siete cosas muy importantes:

1) Que existe Dios y que Él gobierna todas las cosas.
2) Que no hay que resistirlo sino someterse a Él.
3) Que la sujeción a los tutores y pastores trae bendición.
4) Que todos los dolores son permitidos por Dios para nuestro crecimiento espiritual, es decir para crecer en fe, en paz, en amor y en esperanza.
5) Que nuestra vida es débil, como un soplo, que nada es seguro en este mundo, fuera de Dios.
6) Que el Discipulado es el método dejado por Jesucristo para el desarrollo de vidas cristianas íntegras y profundas.
7) Que siempre habrá algo más que aprender

En el aspecto doctrinal también el Señor ha ido dejando durante estos años algunas enseñanzas que a muchos nos parecen importantes. Obviamente, como en todos los asuntos reflexivos y teológicos, habrá quienes piensen diferente y eso es lícito, pero a nosotros nos parece de suma gravedad para la Iglesia que todos los cristianos aprendamos lo siguiente:

1) Que la Iglesia es una sola.
2) A ser tolerantes con otras formas de pensamiento cristiano.
3) Que el Discipulado es el método dejado por Jesús para el crecimiento de Su Iglesia.
4) Que el Evangelio de Jesús es el Evangelio del Reino.

CONCLUSIÓN
El aprendizaje es inherente a la vida, es una capacidad que posee todo ser vivo y está más desarrollado en los humanos. Nos permite adaptarnos al entorno, ser más felices y conocer a Dios. Hay un aprendizaje espiritual, del cual Jesús es Maestro. Este aprendizaje espiritual tiene como finalidad la salvación y perfeccionamiento del alma. La Biblia está sembrada de enseñanzas sobre qué, cómo, dónde y cuándo aprender; sólo requiere de nuestra motivación para encontrar esos textos y ponerlos en práctica. Aprendamos a vivir a Jesús.


PARA REFLEXIONAR
1) Revise los siguientes textos y coméntelos con su tutor, desde el punto de vista del aprendizaje que proponen: Deuteronomio 31:13; 1 Timoteo 1:20; 1 Timoteo 5:4; Tito 3:14.
2) Lea y analice Isaías 1:16-17. Descubra las siete acciones que el Señor pide del discípulo.
3) ¿Qué aprendizaje encarga Jesús a los fariseos? Lea San Mateo 9:13.
4) La naturaleza puede ser una parábola de enseñanzas para el discípulo ¿Qué dice el Maestro que podemos aprender de la higuera en San Mateo 24:32? Descubra otras parábolas en la creación.
5) ¿Cuáles han sido sus principales aprendizajes a lo largo de su vida?

domingo, junio 18, 2006

¿JUZGAR O NO JUZGAR?

Lectura bíblica: Hebreos 5:14
Propósitos de la charla: Desarrollar una conciencia capaz de juzgar y discernir acorde a la mente de Dios.



Hablando con realismo, todos juzgamos las conductas de nuestro prójimo. Se habla de los padres, que si hicieron correctamente su labor formadora con sus hijos, se habla de éstos si son buenos o desagradecidos; evaluamos las conductas y actitudes de los personeros públicos, de los maestros, los religiosos, etc. Si no lo hacemos en reuniones, lo hacemos con nuestros cónyuges o familias. Y por último, si somos personas muy discretas, lo hacemos en nuestra mente. Pero nadie escapa a esta característica pues hemos sido dotados de una capacidad de juicio.

I. JUZGANDO EL JUICIO
Juzgar, según el diccionario, es "deliberar, quien tiene autoridad para ello, acerca de la culpabilidad de alguno, o de la razón que asiste en cualquier asunto, y sentenciar lo procedente". De modo que, sea que lo hagamos con otros o en la intimidad de nuestro pensamiento, al juzgar la conducta y el proceder de otra persona o grupo, estamos deliberando o discutiendo el asunto para llegar a una sentencia final. Pero ¿tenemos la autoridad para hacerlo? Las sociedades y las organizaciones instituyen personas con capacidad para juzgar. Estos jueces y autoridades lo hacen bajo ciertas normas, reglamentos, estatutos, códigos. En la Iglesia se ejerce juicio de acuerdo a como Jesucristo lo indica en el Evangelio. Pero en el diario vivir ¿es correcto que hagamos juicio? La Biblia plantea un justo equilibrio entre hacerlo y no hacerlo, aclara la forma en que no debemos hacerlo y el modo correcto en que podemos hacerlo si determinamos llevarlo a cabo. Es lo que estudiaremos a continuación.

EL JUICIO NOS RETRATA
"No juzguéis, para que no seáis juzgados" (San Mateo 7:1).
En el Sermón del Monte, el Maestro nos aconseja no juzgar, pues quien lo hace probablemente del mismo modo será juzgado. La misma medida que aplicamos a otro nos será aplicada a nosotros. Si juzgamos duramente la conducta generosa de otro, como "despilfarro", tal vez sea porque nosotros anhelamos ser tan generosos como él. Seguramente cuando actuemos así también seremos juzgados de ese modo. En nuestros juicios, a veces lapidarios, en verdad reflejamos nuestra propia condición. Cuando María de Betania tomó una libra de perfume de nardo para ungir los pies del Maestro, Judas juzgó este gesto como un despilfarro y falta de solidaridad con los pobres; en realidad se estaba juzgando a sí mismo, pues él era ambicioso, ladrón y materialista, después vendería a Jesús por un puñado de monedas (San Juan 12:3-5). Cuando juzgue la conducta de otros hágase esta pregunta: ¿qué característica personal estoy juzgando de mí mismo?

NO TENEMOS DERECHO A JUZGAR
Otro caso de juicio literalmente "lapidario" es el de aquella mujer que fue sorprendida por los judíos en el acto mismo de adulterio. Estaba pronta a ser apedreada, lo cual habría causado su muerte. El Maestro dice "El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella". Comenzando por los más viejos, con más pecados acumulados, hasta los más jóvenes, se retiraron; pues nadie tenía autoridad para juzgarla (San Juan 8:1-11). Es claro que ningún ser humano, siendo todos pecadores, puede hacer un juicio moral de otro. Podemos evaluar la mala o buena conducta de otro, de acuerdo a un código social establecido, pero no tenemos derecho a juzgar y condenar. Sólo Dios puede hacerlo justamente.

LA MEDIDA DE NUESTRO JUICIO
"Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido" (San Mateo 7:2)
Todos los cristianos habremos de ser juzgados en el Tribunal de Cristo (2 Corintios 5:10; Romanos 14:10) según nuestras obras o comportamiento. Será el momento de ser juzgados con justicia ¿Cómo nos juzgará Dios? Conforme a nuestras creencias, conforme al Evangelio que hoy proclamamos, conforme a Su Verdad. Si hemos sido personas sin misericordia en nuestros juicios, Él será sin misericordia en Su juicio. Si hemos sido excesivamente críticos, Él será crítico con nuestra conducta. Si hemos hablado de amor y no fuimos amorosos con el prójimo, pues Él no será amoroso con nosotros. Si somos misericordiosos en nuestro juicio del prójimo, Él Juez justo será misericordioso en el tribunal. Si somos perdonadores Él nos perdonará. Si somos pacientes y tolerantes ahora, Él hará otro tanto. Todo esto "porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio" (Santiago 2:13). Aún cuando Jesucristo actuará como Juez en el tribunal de Cristo, Él lo hará con misericordia (San Lucas 6:37). Ser juzgados, condenados o perdonados dependerá de nuestra conducta hoy, aquí en la tierra.

POCA IMPORTANCIA DEL JUICIO HUMANO
"Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aún yo me juzgo a mí mismo" (1 Corintios 4:3)
El apóstol expresa que le tiene sin cuidado el juicio de otros. No todas las personas tienen esa capacidad de abstraerse de la opinión de los demás, pero Pablo goza de esa cualidad que le hace libre del juicio externo. No teme a tribunal humano, dice, queriendo decir con ello que sí guarda temor y respeto por el tribunal de Cristo. En verdad éste debe ser nuestro temor, el juicio de Dios. Y aclara que tampoco se juzga a sí mismo, ejemplo que todos debiésemos seguir, sobre todo cuando somos tan autoexigentes en un mundo altamente competitivo. El juicio que la persona se hace de sí misma es muy subjetivo, lo realiza a partir de su propia conciencia, por lo tanto no es confiable; preferible es ser juzgados por el Señor (1 Corintios 4:4)

EL JUSTO JUICIO DE DIOS
Esperar el juicio de Jesucristo tanto para con nosotros, como para con nuestros hermanos y prójimos, es lo más sabio. Hacerlo ahora es anticipar el tiempo, no es tiempo de juicio sino de misericordia y gracia. Sólo Jesucristo, Luz del mundo, podrá aclarar todo lo que hoy está en la oscuridad: las motivaciones, las aspiraciones ocultas, los planes escondidos, los pecados tapados, etc. Ese día cada cristiano recibirá su reprensión y su alabanza (1 Corintios 4:5)

EL INEVITABLE JUICIO
El problema del juzgar es que, sea correcto o incorrecto, igual lo hacemos involuntariamente. Ya que no podemos escapar a esta condición de ser seres creados con una conciencia de juicio, es que el Señor nos ha dado una salida: "No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio" (San Juan 7:24)

II. EL JUICIO JUSTO.
Si hemos de juzgar, deberemos hacerlo de acuerdo a ciertos principios que la Biblia nos enseña. He aquí algunos.

1) ANTES DE JUZGAR, MÍRESE A SÍ MISMO.
"¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?" (San Mateo 7:3)
Aquí la Palabra de Dios habla acerca de alguien que tiene defectos, errores y pecados; pero critica al otro, sin mirarse a sí mismo que su pecado es tan malo y quizás peor y mayor que el de su prójimo. En otras palabras, nos enseña a mirar primero nuestra condición antes de emitir un juicio. También señala esa característica de los seres humanos, aquella debilidad por criticarlo todo, por juzgar rápida y livianamente al hermano o vecino. Tú miras la paja que está en el ojo del otro, esa brizna o pelusilla en su ojo; en cambio no ves la enorme viga que hay en el tuyo. Un hermano hacía esta paráfrasis: "¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no el aserradero en el tuyo?" Tal vez tenemos una gran cantidad de manchas en nuestra mirada y esas mismas manchas, como en el caso de las cataratas en los ojos, empañan nuestra mirada sobre el otro. ¡Cuidado con los juicios fáciles! No olvidemos ese principio ya expuesto de que el juicio nos retrata.

2) NO JUZGUE A OTRO DE SU PECADO SI USTED ES CULPABLE DEL MISMO.
"O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?" (San Mateo 7:4)
Los que venían a juzgar y a condenar a la mujer adúltera, al mirarse a sí mismos desistieron de sus juicios. ¿Se sintieron culpables? ¿o indignos de juzgar? ¿tuvieron acaso misericordia de esa pobre mujer? Creo que no fue la misericordia de ellos, sino la de Jesús, que no le condenó. Ellos actuaron como siempre, en forma legalista; se aplicaron la ley a sí mismos y resultaron faltos.
Es evidente que el pasaje mencionado se refiere a un juicio hipócrita. El hermano que tiene una viga en su propio ojo no debe juzgar a otro que tiene una paja en el suyo. La enseñanza es clara, usted no puede juzgar a otro de su pecado si usted es culpable del mismo pecado.
Puede ser que no caigamos en adulterio, lascivia, actos impuros, pero los veamos en la televisión, en los periódicos y revistas, nos llamen la atención y conversemos sobre ello. Es otra manera más solapada de pecar. Nuestra carne, hermanos, es inclinada al mal y seguimos siendo pecadores, aunque nos hayamos arrepentido. El pecado está en el corazón del hombre.

3) NO SEA HIPÓCRITA, NO FINJA LO QUE NO ES
"¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano" (San Mateo 7:5)
Si usted desea ser un buen juez de otras personas, comience por hacer un juicio en que el acusado sea usted mismo. Un buen profesor hace primero él lo que enseña y pretende lograr de sus alumnos, es decir enseña con el ejemplo. Un buen médico muestra en sí mismo el cuidado de la salud que él recomienda a sus pacientes. Todo profesional, si se aprecia a sí mismo y es coherente con su vocación, cumplirá primero en su propia vida lo que practica con y por los demás.

Lo contrario es incoherencia e hipocresía. Hipocresía es el fingimiento y apariencia de cualidades o sentimientos que no se tienen. ¿Cómo vamos a exigir que otros sean generosos si nosotros actuamos de manera egoísta? ¿Qué derecho tenemos a demandar obediencia si nosotros no respetamos la autoridad? Nada podemos obligar a hacer a otros si nosotros no lo cumplimos en nuestras vidas. Todo el mundo sabe que es una hipocresía pedir del otro algo que no tenemos; pedir amor sin tenerlo nosotros. Cuando lo exigimos fingimos tenerlo, porque es evidente que nada se puede exigir si primero no se cumple en nosotros.

4) LÍMPIESE ANTES DE JUZGAR
"¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano" (San Mateo 7:5)
Si ya ha sacado esa viga de usted, si ha dejado el egoísmo, si es una persona generosa, si usted está siempre dispuesto a ayudar el prójimo con un buen corazón, entonces sí ahora está en condiciones de emitir un juicio mesurado. ¿Por qué no un juicio tajante y definitivo? Porque nada en el ser humano es definitivo. Quizás ahora usted tenga esa buena disposición hacia el prójimo, esté pasando un buen tiempo económico, emocional, espiritual; pero ¿quién dice que mañana no será probado como Job y ya no podrá ser tan dadivoso? El juicio para con el hermano debería ser entonces con mucha comprensión.

Dice Jesús que, luego de haber sacado nuestra viga "entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano". Por tanto es esencial para emitir un juicio justo, primero comenzar por casa, por nosotros mismos y preguntarnos ¿estoy capacitado para juzgar a mi hermano en esta área? Nótese que el juicio debe ser acotado o restringido exclusivamente a un área específica. David fue enjuiciado por Natán en algo muy específico: adulterio y asesinato (2 Samuel 12:1-10); no fue juzgado por otra cosa que no fuera aquella grave falta por la cual hizo blasfemar a otros de Dios (v. 14)

Natán habló a David no sólo por su inspiración del Espíritu Santo, sino también porque él mismo era un hombre santo, limpio de tales pecados. El Señor no puede usar instrumentos inmundos para juzgar a otros, cuando es imprescindible hacerlo (2 Timoteo 2:21)

III. DESARROLLANDO EL JUICIO JUSTO
Hemos visto que para bien juzgar tenemos que: a) antes de juzgar, mirarnos a nosotros mismos; b) no juzgar a otros de su pecado si somos culpables del mismo; c) no ser hipócritas finjiendo lo que no somos; y d) limpiarnos antes de juzgar. Pero nada podríamos hacer al respecto si no desarrollamos la capacidad de juzgar que es el discernimiento.

EJERCÍTESE EN EL DISCERNIMIENTO DEL BIEN Y DEL MAL
"Pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal" (Hebreos 5:14)
Cuando la Sagrada Escritura del Nuevo Testamento habla de "alimento sólido" se está refiriendo a una comida espiritual más elaborada y contundente, que tiende al desarrollo de virtudes, actitudes y compromisos con Dios más adelantados, quizás correspondientes a personas que cumplen funciones específicas en la obra y a líderes de pequeños o grandes grupos. Esas personas cristianas deberán poseer un sentido del juicio, o conciencia, ejercitado en el discernimiento de lo bueno y lo malo. Tales personas, consideradas maduras, son capaces de separar juicio de condenación; los hombres no estamos en este mundo para condenar a nadie, sólo Dios condena por medio de Su Palabra. Pero sí podemos ejercer juicio "justo", mas para ello necesitamos discernimiento.

El discernimiento es una capacidad que actúa como una especie de cedazo, como cuando los obreros de una construcción separan la arena de las piedras con un harnero. Esta capacidad es uno de los signos de madurez espiritual. Los teólogos aclaran el significado de "discernir" como "una distinción, una clara diferenciación, discernimiento, juicio; se traduce 'discernir' en 1 Corintios 12:10 discernimiento de espíritus, juzgando por evidencias si es que son de Dios o son del maligno". Es decir que discernir significa también juzgar. Aquí no hablamos de un don sino de una capacidad desarrollada, la cual es signo de madurez, la virtud de justicia (Mateo 5:38-42).

LA VIRTUD DE JUSTICIA
¿Cuál es la diferencia entre justicia y discernimiento? La justicia es la virtud cardinal que consiste en "la voluntad firme y constante de dar a cada cual lo suyo". Dar a cada uno lo suyo no significa dar a todos lo mismo, sino una igualdad proporcional, correspondiente a la dignidad y derechos de cada uno. El juicio a un ministro, que tiene mayor conocimiento y responsabilidad que un miembro nuevo, no podrá ser igual que a cualquier cristiano, por ejemplo. Existen diversos tipos de justicia humana: a) conmutativa o particular, defiende el bien privado de la persona física o moral; b) general o legal, propia de toda comunidad y fomenta el bien común; c) distributiva, regula la cantidad de privilegios que corresponde a cada uno en la sociedad; d) social, protege los llamados derechos naturales de la sociedad y de sus miembros; e) vindicativa, lleva al culpable a la pena merecida, en espíritu de reparación y no por venganza.

Pero Dios en Su Palabra nos ha mostrado otro tipo de justicia, la justicia evangélica, la cual desborda a la justicia humana. Esta justicia es una mezcla de ley y caridad. Para ejercerla consideraremos los siguientes principios:
1) El discípulo debe cumplir con lo exigido por la justicia con espíritu de caridad, no por obligación.
2) El amor no se preocupa por saber cuáles son los límites estrictos del derecho de otros, sino que sólo mira a la necesidad del prójimo. Incluso atiende a los que han perdido su derecho.
3) La caridad está siempre pronta a renunciar a sus propios derechos en provecho del prójimo, siempre y cuando no signifiquen la perdición de ambos.

COMO DESARROLLAR UNA CONCIENCIA JUSTA
El discernimiento en comparación con la justicia, es apenas una función de ésta. Por medio del discernimiento puedo ejercer justicia. El discernimiento no necesariamente me conduce a ejecutar justicia; puede ser únicamente un ejercicio intelectual. Discernimos que tal o cual persona está equivocada, que lo que alguien hizo no es correcto, que fue malo o bueno lo que respondí o hice; pero todos estos juicios no implican necesariamente un veredicto y una condena al imputado. El discernimiento nos sirve para evaluar conductas, lo cual es necesario. Educar al discípulo en el discernimiento, para que sepa discernir entre lo bueno y lo malo, y así juzgar en forma correcta, es un desafío para todo tutor. Desarrollar una conciencia capaz de juzgar y discernir acorde a la mente de Dios, es una tarea no menor en el discipulado. A continuación veremos como se desarrolla esta capacidad:

Reflexionando sobre las propias decisiones y sus consecuencias. Si no aprendemos a sacar conclusiones de los que nos sucede como efecto de nuestro caminar, jamás avanzaremos en el desarrollo de la justicia y el discernimiento.

Estudiando la Palabra de Dios, pues en ella están los pensamientos del Juez Supremo, podemos entender Su Verdad y comprender el modo de examinar cada acontecimiento de la vida.

Orando y pidiendo al Señor que nos dé don de discernimiento, que desarrolle nuestra capacidad para diferenciar el bien del mal y ponga la virtud de justicia en nosotros para dar a cada uno lo que le corresponde.

Aumentar la capacidad de amar a nuestro prójimo, para ejercer la justicia del Evangelio.

PARA REFLEXIONAR
1) Analice el caso del fornicario en 1 Corintios 5:1-13.
2) ¿Juzgó Pablo al hombre fornicario de la iglesia de Corinto?
3) ¿Faltó Pablo al mandato del Señor "no juzguéis, para que no seáis juzgado" al juzgar al hombre e instruir a la iglesia a juzgar también?
4) Lea Mateo 22:15-22 y Mateo 23:13-39. ¿Podemos los cristianos hacer el mismo juicio que Él hizo a los fariseos, sobre nuestros hermanos o prójimos?
5) Estudie y comente con su tutor el procedimiento disciplinario de Mateo 18:15-17.

BIBLIOGRAFÍA
1) Aristos, Diccionario Ilustrado de la Lengua Española, Editorial Ramón Sopena, 1965.
2) "La Ley de Cristo", Bernard Häring, Tomo I, Editorial Herder, Barcelona, 1964.
3) http://www.amen-amen.net/loqueno/juzgar.htm4) http://interbiblia.com/db/juizbibl.htm5) http://www.buscadoresdelreino.com/NoJuzgar.htm6) El Evangelio de Dios, Watchman Nee; Living Stream Ministry; Anaheim, California, USA. 1997.

sábado, mayo 20, 2006

EL HACER DEL DISCÍPULO


Lectura bíblica: Apocalipsis 22:12
Propósitos de la charla: Valorar y practicar las buenas obras; diferenciar los conceptos de salvación, obras, don y galardón.

"Obras son amores y no buenas razones" dice el refrán; "Por sus frutos los conoceréis" aseguró Jesús y el apóstol Santiago afirma " la fe si no tiene obras es muerta". Vivimos en un tiempo pragmático en que se espera hechos concretos de las personas e instituciones, menos palabras y más acción. Mucha palabrería es demagogia en política. Me temo que en el campo de la fe y la religión hay bastante demagogia.

El Creador, ya hemos visto, ha dado al ser humano la capacidad de creer, de sentir y emocionarse, de pensar y reflexionar la vida, la capacidad de comunicarse por medio del lenguaje hablado y escrito. Ahora veremos que también nos ha dado la virtud de "hacer". No creamos que somos los únicos en el planeta con esta cualidad. Basta observar a las hormigas, las abejas y las termitas, para darnos cuenta que también hay otros seres que construyen sociedades con un sistema de distribución del trabajo y las responsabilidades tan y más organizado que nosotros. Hacen edificios, cuevas, colmenas, habitaciones envidiables por su seguridad y calidad de vida. Para judíos, cristianos y musulmanes, que somos tan "homocéntricos", estos animalitos y muchos más son un ejemplo puesto por el Señor de cómo debemos obrar en nuestras vidas (Proverbios 30:24-31; San Mateo 6:26)

Las capacidades ya nombradas, creer, sentir, pensar y comunicarse, hayan su sentido o razón de ser en esta última, el hacer. Nada sacamos con creer si no hacemos lo que creemos. Personas llenas de sentimientos positivos como la compasión por el prójimo o la devoción por Dios, no son completas sin hacer efectivo en la acción esos sentimientos; la misericordia y el amor a Dios se hacen carne en el obrar. Con el pensamiento pasa lo mismo; ¿qué obtenemos con aprender tanta doctrina bíblica si no la ponemos por obra? Igualmente el que comunica demasiado sus pensamientos y sentires, sin hacer concretamente acciones de bien, es sólo "un metal que resuena", un instrumento hueco. Obrar, hacer, actuar, llevar a la "praxis" nuestro pensamiento, es imprescindible para una vida cristiana coherente.

En el mundo cristiano hay dos posturas ante las "obras": 1) los que las consideran requisito para la salvación; y 2) los que no las valoran como elementos de salvación sino como resultado de la obra del Espíritu Santo en el cristiano. El primer grupo, dado que relaciona salvación con obras, sobrevalora la importancia de ellas a tal punto que éstas caracterizan su forma de cristianismo. En cambio el segundo grupo tiene la tendencia a desmerecer el ejercicio de éstas, llegando incluso a despreciarlas en su vivencia de la fe; su práctica cristiana suele concentrarse exclusivamente en la evangelización y el iglecrecimiento. Si la salvación es exclusivamente por la fe en Jesucristo –piensa este grupo- y sólo depende de la obra de Cristo en la cruz, entonces concentrémonos en el mensaje de la crucifixión y resurrección de Jesús.

Al parecer los cristianos estamos entrampados en este lazo teológico. Por un lado una gran consideración hacia las obras y por otro un desprecio de ellas. Por supuesto hay matices y diversidad de posturas entre estos dos extremos. Podemos dilucidar este dilema ubicando en el lugar que corresponde los conceptos de: a) salvación, b) obras, c) don y d) galardón.

La salvación es aquel estado de gracia que obtenemos por medio de la fe en Jesucristo. El Hijo de Dios ha muerto en la cruz por nuestros pecados, su sacrificio redentor ha sido aceptado por el Padre y a toda persona que acepta ese sacrificio expiatorio como regalo de Dios, le es concedida la eterna y completa salvación. El mensaje del Evangelio es de una claridad absoluta (San Juan 3:16) y no hay lugar a equívocos; pero los cristianos tendemos a complicarlo y enredarlo hasta para nosotros mismos. La salvación ha sido dada gratuitamente a los seres humanos y Dios, como un Ser sabio e inmutable, además nos ha provisto de Su Espíritu Santo para poder asumir esta nueva vida que tenemos después de la conversión. No debemos vivir asustados pensando que por cualquier pecado o mala conducta podremos perder la salvación. Ésta es un regalo de Dios y como tal no depende de nuestras obras (Romanos 8:37-39)

Otra cosa son las obras humanas. Las hay de dos tipos: a) obras de la carne y b) obras del Espíritu o frutos del Espíritu Santo. Mas ¿quién podrá distinguir unas de otras? Juzgar la obra de alguien como "de la carne" puede ser atrevido e injusto; podríamos caer en blasfemia contra el Espíritu Santo. Y aquellas obras que aparecen más santas podrían ser sólo intentos de la carne que se esfuerza por alcanzar santidad. No seamos tan prontos en calificar una obra de buena o mala; es más sano que dejemos este juicio al Señor. Pablo prefería no juzgar a nadie, ni siquiera a sí mismo (1 Corintios 4:3-5). Las obras nada tienen que ver con la salvación. La salvación dice relación con las obras de Jesucristo: su vida, pasión, muerte y resurrección; por medio de esas obras perfectas es que hemos alcanzado la salvación (Hebreos 5:7-9) Las obras en el discípulo de Jesucristo están relacionadas con la santificación; son el resultado de la acción de Su Espíritu en nosotros (Gálatas 5:22,23)

Quien es salvo ha recibido un regalo, un don, un obsequio, una gracia de Dios (Efesios 2:4-10) la cual es vida eterna y vida "zoé" –la que viene de lo alto, para diferenciarla de la vida biológica- abundante del Espíritu Santo, la cual produce en el cristiano virtudes, buenas obras e hijos espirituales. Las virtudes son las cualidades de Jesucristo: fe, paz, amor, esperanza, etc. Las buenas obras son las acciones misericordiosas, como: alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, acoger al forastero, vestir al desnudo, atender al enfermo y visitar al preso (San Mateo 25:35,36) El don sólo se recibe, no se merece ni se trabaja por obtenerlo; nadie se esfuerza por obtener un regalo en Navidad o recibir un obsequio en el cumpleaños.

Tomando el ejemplo anterior, podemos decir que sí nos esforzamos por alcanzar un premio a final de año en el lugar de estudios o de trabajo. La copa, el diploma o el galvano son un galardón, una recompensa, un premio. La salvación no es un galardón sino un don. El Señor ha puesto una meta ante todo cristiano: llegar a ser como Jesús (Romanos 8:29) y alcanzar la corona de justicia (2 Timoteo 4:8) Pero esta corona será un galardón entregado sólo a los que hayan hecho Sus obras, será el premio a nuestra conducta, allí seremos medidos por nuestras obras. Esta corona pertenece a un reino, el Reino de Dios que se establecerá en la tierra durante mil años. Podrán participar de ese reino sólo los que salgan aprobados en el Tribunal de Cristo (2 Corintio5 5:10) El galardón es el premio justo dado por un Dios justo a sus hijos obedientes (San Mateo 25:14-30) No obtenerlo no significa perder la salvación pero sí ser eximidos de disfrutar el milenio en el Reino de Jesucristo. En la parábola el Maestro nos habla de una boda; hay vírgenes que salen a recibir al Esposo, unas prudentes y otras insensatas. Estas últimas no se han preparado para recibirle. Todas pertenecen al reino puesto que todas tienen sus lámparas ¿acaso todos los cristianos no tenemos la capacidad de ser llenos del Espíritu Santo y de Su amor y hacer obras de misericordia sirviendo a nuestro prójimo? Pero no todas pueden entrar a las bodas. De ningún modo significa que las insensatas no estarán en la eternidad con el Señor sino que no podrán disfrutar de este galardón especial que es participar en Su reino (San Mateo 25:1-13) Cuando venga Jesucristo, con Él vendrá un premio o una reprensión para todo cristiano; no pensemos que sólo habrá castigo para los que no quisieron creer en Él (Apocalipsis 22:12; Mateo 16:27; Lucas 14:14)

CONCLUSIÓN
Podemos concluir, revisados los textos bíblicos aclaratorios acerca del papel de las buenas obras, que el obrar es parte muy importante de la vida cristiana. Veamos esta fórmula:
Don= Salvación > Santificación (Vida cristiana= Oración + Servicio) > Galardón

La salvación, regalo de Dios, es el punto de partida de la vida cristiana, ha sido conquistada por Jesucristo para nosotros, Autor y Consumador de la fe. La vida cristiana es un equilibrio entre vida de oración o vida devocional y vida de servicio o de misericordia. La santificación es un proceso que comienza con la conversión y se proyecta hasta nuestra muerte; su meta es transformarnos a la imagen de Jesús y su galardón la participación en el reino milenial. Don y galardón son dos elementos entregados por Dios, el primero por gracia y el segundo por obras. Por lo tanto la práctica de las obras es un deber de la vida cristiana, tan importante como la fe en Jesucristo.

lunes, mayo 15, 2006

EL LIBRO DEL BUEN HABLAR


Lectura bíblica: Salmo 19:14
Propósitos de la charla: Que el discípulo aprenda a controlar su lengua, a callar cuando es necesario y a hablar conforme a la voluntad del Señor.

El Creador nos dio la capacidad de comunicarnos a través del lenguaje oral. La primera vez que el hombre aparece hablando en la Biblia es cuando puso nombres a los animales (Génesis 2:19,20), pero escuchamos sus primeras palabras cuando conoce a su mujer y dice: "Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona, porque del varón fue tomada" (Génesis 2:23). Interesante que la primera expresión de lenguaje, la Sagrada Escritura la muestre ligada a la relación hombre-mujer. ¡Cuánta literatura se ha hecho, sobre todo Poesía, en base a esta relación! El lenguaje arranca de la necesidad de amar y ser amado, el hombre buscaba ayuda idonea, su pareja, su "media naranja" u otra mitad; no la encontró en los animales sino en una igual a él, la Varona.

Así como en la literatura española del medioevo encontramos un "Libro del Buen Amor", del Arcipestre de Hita, los cristianos tenemos en la Sagrada Escritura lo que podríamos llamar "El Libro del Buen Hablar". A continuación vamos a revisar algunos textos, de los muchos que contiene la Palabra de Dios sobre el tema, relativos al hablar humano. ¿Qué aconseja el Espíritu Santo respecto al ejercicio del lenguaje?

1) NO SE INVOLUCRE EN CONVERSACIONES OCIOSAS. "No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres." (1 Corintios 15:33) Hay buenas y malas conversaciones; charlas que edifican y otras que destruyen, corrompen moralmente. Una comunicación cuyo tema sea aquel buen libro, esa película o exposición interesante, abrirá el apetito por lo bueno y deseable que hay en esta vida. En cambio, si como tema de nuestras conversaciones estamos siempre eligiendo el último asesinato, el escándalo de los famosos o el chisme acerca de la vida de nuestros vecinos; la mente y el corazón se nos llenará de carroña. Finalmente esto termina por contaminar nuestras acciones. Es un error acceder a conversaciones que no edifican. No es difícil detenerlas, basta con cambiar el tema, rechazar lo malo, hacer hablar al Cristo que habita en nosotros.

2) HAGA QUE EL ESPÍRITU SANTO HABLE EN USTED. "Oíd, porque hablaré cosas excelentes, Y abriré mis labios para cosas rectas. Porque mi boca hablará verdad, Y la impiedad abominan mis labios." (Proverbios 8:6,7) Sólo la Sabiduría puede hablar con excelencia, rectitud, verdad y pureza. Dios es Sabio y nos entrega la exquisitez de Su pensamiento en todo lo creado, a través de Su Palabra escrita y por medio de sus escogidos. Los pensamientos de Dios no son ambiguos como los del hombre, sino rectos, tanto en sentido racional como ético; Él es todo rectitud y esto se refleja en Su pensamiento. La filosofía de Dios es profunda y recta. Él habla verdad porque es la Verdad. Si bien es cierto los seres humanos tenemos nuestras propias y pequeñas verdades, los cristianos disfrutamos de un gran tesoro: Jesucristo, la Verdad. La piedad, que es la entrega devocional al Señor, la pureza del amor a Dios, es el lenguaje del que le busca. Quien tiene en su corazón el Espíritu Santo tiene el don de sabiduría y por tanto hablará con excelencia, rectitud, verdad y pureza. El Espíritu Santo hablará en usted.

3) QUE TU HABLAR AGRADE A DIOS, TU CONCIENCIA Y AL PRÓJIMO. "Los labios del justo saben hablar lo que agrada; Mas la boca de los impíos habla perversidades." (Proverbios 10:32) ¿A quién debemos agradar con nuestros labios? Primeramente a Dios que escucha tanto nuestras palabras articuladas como los pensamientos; aquello comentado en la intimidad del hogar o con los amigos como lo expresado en público. Hay personas que saben decir lindos discursos, que hacen aseveraciones plenas de aparente convicción, que juran gran amor por otros, mas al estar en otro ambiente, con otras personas o solos, expresan todo lo contrario. ¡Líbrenos el Señor a los cristianos, de ser como esos hipócritas! En segundo lugar debemos agradar a nuestra conciencia guiada por el Espíritu Santo; en ella está escrita Su ley de amor, la cual es la norma que guía nuestra diaria conversación. No la queja, el chisme, el pelambre, la mentira, el malestar, la depresión, sino la alabanza, el elogio, la verdad, la gratitud, la alegría, deben ser nuestra comunicación diaria. "Abre tu boca y Él la llenará" Así podrás agradar, en tercer lugar, a los oyentes; tu conversación será un agrado, un bálsamo, una caricia, un alimento para el que te escuche. Perversidad es la suma maldad o corrupción de las costumbres. Que tus labios transmitan las dos "b" vida y bondad.

4) BUSQUE A DIOS PARA HABLAR SABIDURÍA. "La lengua de los sabios adornará la sabiduría; Mas la boca de los necios hablará sandeces." (Proverbios 15:2) El sabio se diferencia del necio, entre otras cosas, por su hablar. El primero habla sabiduría y enriquece con mejores reflexiones a ésta; el segundo sólo pronuncia estupideces, su conversación es vana e improductiva. La Biblia nos enseña a ser sabios, a buscar y alimentarnos de la sabiduría. Al respecto, nos advierte que el inicio de la sabiduría es el temor de Dios. Quien tiene una actitud de respeto y humildad, de disposición a creerle y obedecerle, está en camino de adquirir sabiduría. Tal hombre o mujer, hablarán sabiduría.

5) PRACTIQUE EL CALLAR Y APRENDA A ESCUCHAR. "tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar;" (Eclesiastés 3:7) El sabio Salomón nos enseña que la vida del hombre, aún siendo muy corta, nos da oportunidad para todo y, entre todas las cosas, nos otorga un tiempo para hablar y otro para callar. Sutilmente nos da el recado de cuan importante es a veces callar. No es sabio vivir callando, no se puede callar todo, no todo lo podemos admitir; pero tampoco es sabio vivir hablando permanentemente pues necesitamos escuchar a otros, escuchar a Dios y también escuchar lo que nuestro corazón quiere decirnos. Si siempre estamos parloteando ¡cómo vamos a escuchar y escucharnos! Necesitamos aprender de los orientales esa capacidad de callar y meditar. No es poco cristiano dejar de hablar y reflexionar en lo íntimo acerca de la vida y de Dios. "Que los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón sean siempre agradables a Ti, Señor"

6) DESENMASCARE AL ENEMIGO. "Porque el ruin hablará ruindades, y su corazón fabricará iniquidad, para cometer impiedad y para hablar escarnio contra Jehová, dejando vacía el alma hambrienta, y quitando la bebida al sediento." (Isaías 32:6) Actualmente se blasfema contra Dios, Jesucristo, el Espíritu Santo, la Palabra de Dios, la Iglesia, con toda facilidad. Se hace escarnio de la fe cristiana en los medios de comunicación y se aplaude tal conducta, aduciendo la libertad de expresión. Cuando los creyentes son atrapados por la forma de pensamiento liberal y le baja el perfil a estos ataques a la fe, están permitiendo que se pisotee el Nombre de Dios, que el gobierno de las tinieblas penetre más en las mentes de los hambrientos y sedientos de la Verdad. No podemos permitir que el engaño satánico corrompa más los cimientos de esta sociedad. Debemos darnos cuenta que hay una maquinación perversa contra las almas ignorantes de Dios. Es la hora de ser "baluarte de la Verdad".

7) NO USE SU HABLAR CONTRA EL DEBIL. "Las armas del tramposo son malas; trama intrigas inicuas para enredar a los simples con palabras mentirosas, y para hablar en juicio contra el pobre." (Isaías 32:7) Quienes ostentan el poder político y económico no siempre son personas correctas. Hemos visto caer a jueces y hombres públicos en horrible corrupción. El dinero de las arcas fiscales a veces se usa para el provecho personal de personas tramposas. Con la palabra se puede engatusar al pueblo crédulo. No faltan los que usan la religión para embaucar a los ingenuos. El pobre es siempre víctima de estos corruptos, por su ignorancia, ingenuidad y necesidad de creer. Intriga y mentira son las armas del tramposo que se aprovecha de los pobres.

8) SEA UN BUEN OIDOR. "Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar palabras al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios." (Isaías 50:4) Como al profeta, el Señor nos ha dado Su Palabra de sabiduría y Su Espíritu Santo para discernir la necesidad del prójimo. No seremos holgazanes ni insensibles en esta misión, entregaremos palabras de alivio, consolación y sabiduría, ya que además nos ha otorgado el don de consejo. Cada mañana Él despertará el oído de su corazón para que usted escuche sabiamente al que necesita orientación y apoyo, pero sobre todo un oído atento y misericordioso. El discípulo de Jesucristo debe ser un buen oidor.

9) TENGA CUIDADO CON LA MENTIRA. "el prevaricar y mentir contra Jehová, y el apartarse de en pos de nuestro Dios; el hablar calumnia y rebelión, concebir y proferir de corazón palabras de mentira." (Isaías 59:13) Desobedecer y mentir contra Dios es tan grave como inventar calumnias contra otras personas, rebelarse contra las autoridades establecidas e inventar y decir mentiras. La lengua mentirosa es aborrecida por Dios. Muchas veces en la vida diaria nos vemos tentados a mentir; a veces la vida de una persona es una mentira (jueces corruptos, esposos y esposas adúlteras, religiosos falsos); en la administración del dinero de una empresa, oficina u organización se miente, contadores que tapan la deshonestidad de sus jefes; se miente en pruebas y exámenes, los "torpedos" y el "soplar" no son conductas de veracidad; hay algo que es más parecido al robo que a la mentira, hacer pasar escritos o ideas como si fueran nuestras. Todo esto es putrefacto para el Señor y Él lo rechaza absolutamente.

10) NO PROMETA EN VANO. "Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede." (San Mateo 5:37) Con la boca hacemos muchas promesas: de ayudar a otro, de devolver un objeto o dinero, de amar para siempre, de ir y volver, de cumplir un compromiso, etc. Prometemos sin saber si cumpliremos o no; la mayoría de las veces pensamos que podremos cumplir. Estamos llenos de buenas intenciones pero no nos conocemos a nosotros mismos. Este asunto es crucial para ejercer este consejo de Jesús. La forma de aprender a ser veraces es obligarnos a cumplir las promesas aunque nos duela. Cuando hemos prometido o jurado, y en el camino vemos que somos incapaces de hacerlo, el discípulo se esforzará por dar satisfacción a su palabra. Este sinsabor le hará pensarlo mejor en el futuro cuando se vea entusiasmado a prometer. Nuestro hablar debe ser sí o no, nunca ambiguo. Al tibio el Señor no lo quiere en Su Reino.

11) QUE SU CORAZÓN SEA ABUNDANTE DE DIOS. "¡¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca." (San Mateo 12:34) La conversación nos refleja, el hablar transparenta lo que hay en el interior de la persona. Palabras profundas revelan un alma profunda; comentarios superficiales muestran a alguien vano; chistes y comentarios de doble sentido retratan a quien tiene una insatisfacción sexual o bien su pensamiento está siempre puesto en ello; así podremos identificar el corazón soñador o fantasioso, el racional, el melancólico, etc. De la abundancia de lo que hay en nuestra mente, parlotea la lengua. Si abundamos en frustraciones, nostalgias, alegrías, éxitos, anhelos, etc. todo eso transmitiremos a través de la palabra. Si es el meditar en Dios y Su Palabra, naturalmente lo dejaremos ver en el hablar.

12) QUE SU HABLAR CONDUZCA HACIA JESUCRISTO. "Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús." (San Juan 1:37) La forma de hablar de Jesús reflejaba quien era Él; había una absoluta transparencia de su Persona interior en su hablar, no sólo en el modo sino también en el contenido de lo que decía. Tan impactante y convincente era su hablar, acompañado de su actuación, que estos sencillos pescadores, como un recaudador de impuestos, un revolucionario, varias mujeres de pueblo y varios personajes importantes de los judíos, le siguieron. Nuestro hablar, unido al sentir, al creer y al hacer, mueven a la gente a seguir a Jesús.

13) HABLE GUIADO POR EL ESPÍRITU SANTO. "Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar." (San Juan 12:49) Todo lo que hablaba, aseguraba Jesús, no eran ideas propias sino lo que el Padre Dios le inspiraba. Si el Maestro actuó según esa norma ¡cuánto más sus discípulos! Los que somos tan dados a inventar explicaciones, crear teorías acerca del mundo y las cosas que en él suceden, siempre prontos a desarrollar nuestras propias cosmologías y cosmogonías, discutir asuntos que no sabemos ni entendemos, necesitamos ser más humildes y sencillamente permitir que el Espíritu Santo inspire nuestro hablar. En la Biblia tenemos la revelación de Dios, la Iglesia a través de los siglos ha interpretado la doctrina, los apóstoles de Jesús dejaron sus epístolas para mayor claridad del Evangelio ¿qué más podemos pedir? No vayamos más allá de las palabras, no quitemos ni agreguemos, practiquemos el sencillo mandamiento del Señor en Su Palabra y hablaremos guiados por Él.

14) CUANDO HABLE DE DIOS, CONFIE EN SU RESPALDO SOBRENATURAL. "Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen." (Hechos 2:4) El día de Pentecostés, cuando los apóstoles y sus familias estaban reunidos en el aposento alto en Jerusalén y cuando muchos judíos venidos de distintos puntos del mundo de esa época se encontraban en la ciudad santa para celebrar la fiesta de Pentecostés, 50 días después de la Pascua; sucedió algo de gran impacto: se sintió como un fuerte viento en el aposento y algo parecido a lenguas de fuego se posó sobre cada uno, en tanto hablaban de las maravillas y hechos poderosos de Dios en distintos idiomas, de modo que cada cual entendía lo que decían pues lo escuchaba en su propia lengua. Este fenómeno sobrenatural implicó el sentido de la vista pues "vieron" a los que estaban orando inflamarse en fe y adoración; el sentido de la "audición" ya que escucharon el estruendo, el viento y las profecías de los apóstoles; el sentido del "tacto" ya que sintieron en la piel ese viento recio. Fue algo sensorial y también intelectual, puesto que se produjo la traducción simultanea del mensaje de Dios, sin mediar tecnología alguna. El propósito de Dios fue llenar a los Doce de su Espíritu Santo, aún cuando ya había soplado sobre ellos el Espíritu, y comunicar al público que ese grupo escogido de hombres y mujeres, entre los cuales también estaba María la madre de Jesús, tenían un mensaje muy importante que decir. Lo sobrenatural lo hace Dios, lo natural nosotros. Los cristianos hablamos, pero si no contamos con el respaldo sobrenatural nada comunicaremos. Piense, siempre que usted anuncie el mensaje de Dios, que Él le respaldará. Confíe en la acción milagrosa del Espíritu Santo.

15) EN SU HABLAR CON DIOS PREFIERA SU PROPIO IDIOMA. "pero en la iglesia prefiero hablar cinco palabras con mi entendimiento, para enseñar también a otros, que diez mil palabras en lengua desconocida." (1 Corintios 14:19) Siempre ha habido en la Iglesia personas que "hablan en lenguas". No me refiero a quienes saben otro idioma o tienen facilidad para aprender lenguas extranjeras, sino que a aquellos hermanos que el Espíritu Santo les otorga el don de lenguas. Estas lenguas pueden ser: a) lenguas de otros países; b) lenguas de ángeles; c) lenguas de seres que desconocemos; d) una lengua personal propia del espíritu; o d) glosolalia, desorden del lenguaje. Como sea, el Apóstol aconseja que con el propósito que no se produzca desorden, debe haber un traductor, es decir alguien que tenga el "don de interpretación de lenguas". Si no lo hay, debe callar. Hacer uso de estos dones requiere de gran humildad y sujeción a la autoridad; a veces la vanidad y el afán de dar un "mensaje" personal, mueve a las personas a autoengañarse y engañar. Para esto existe el "don de discernimiento de espíritus". Cuando alguien habla en otras lenguas, el contenido de su hablar puede ser: a) alabanza y adoración a Dios; b) una petición personal al Señor, una culpa, una dificultad; c) gratitud hacia el Creador y Salvador por sus beneficios; d) una revelación o profecía para la iglesia. A pesar de que es costumbre en muchas iglesias, no es necesario que el Señor de el mensaje profético en otro idioma. El don de profecía no necesita valerse del don de lenguas para manifestarse. La persona que profetiza siente en su mente el mensaje de Dios con gran convicción y lo que hace es sencillamente transmitirlo. ¿Qué nos enseña todo esto, además de lo específico sobre el funcionamiento de los dones carismáticos en la comunidad cristiana? Que siempre debe reinar la cordura y no el desorden ni la excesiva subjetividad o emocionalidad en la Iglesia; que siempre será mejor una palabra inteligible a un lenguaje que nos cuesta entender. Estas expresiones apuntan a nuestras emociones, a demostrarnos la presencia del Señor en medio de nuestras reuniones, pero para el que es maduro en la fe, no es preciso ver para creer.

16) NO COMENTE LO QUE HACEN LAS TINIEBLAS. "porque vergonzoso es aun hablar de lo que ellos hacen en secreto." (Efesios 5:12) Nuestra costumbre casi siempre es comentar todo lo que sucede en el mundo de la farándula, la crónica roja, el escándalo y corrupción política o las "novedades" del barrio. En forma morbosa nos inmiscuimos en lo que el reino de tinieblas hace. Ya lo hemos dicho, esto no es edificante, no contribuye a nada; por el contrario, corrompe, altera, desintegra, ensucia, destruye las convicciones, la buena conciencia, la fe, el amor, la paz. Otra vez les digo: cambien de tema, desvíen el tema de la conversación hacia todo lo que es de buen nombre.

17) CONSIDERE QUE SU HABLAR PUEDE CONVERTIR. "Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe." (Hebreos 13:7) Guardo un grato recuerdo de aquellos siervos de Dios que me hablaron de Él por primera vez. En mi memoria está su gran fe, su sencillez, esa pasión por Cristo y por las vidas, su modo de exponer la Verdad, su alegría en el ministerio. A ellos debo lo que soy; el Señor los usó para formarme como cristiano, discípulo y pastor; sin su hablar y su excelente conducta, la cual he imitado, no sería lo que soy. Piense usted que cuando está hablando en el bus, en la calle, en la casa, en la escuela, en el trabajo, en la iglesia y en todo lugar; quizás halla personas que puedan conocer a Jesús por sus palabras y actos, hermanos que están dando sus primeros pasos en la fe o cristianos en dificultad que requieren de palabras inspiradas en Dios. Su conversación puede tener resultados importantísimos en otras personas. Cuídela.

18) SEA TARDO PARA HABLAR Y PRONTO PARA ESCUCHAR. "Por esto, mis amados hermanos, todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para airarse;" (Santiago 1:19) Por lo general estamos más dispuestos a contar nuestras cosas, comentar inquietudes, preguntar opiniones, exponer nuestras teorías de la vida, dar a conocer posturas políticas, religiosas, etc., que a escuchar a otros. En algunos casos esto llega al extremo de ser un parlanchín, ese que gusta de dar cátedra, sermonear, imponer opiniones, con una vanidad a toda prueba. Al contrario, la Escritura aconseja ser "pronto para oír" o sea estar con una mayor disposición a escuchar que a hablar. Esto significa hacer un esfuerzo por dejar de fluir toda esa verborrea que tenemos, para dar paso al más pasivo de los sentidos: la audición. Oír al otro, pero no como quien escucha llover, sino que con toda atención, interés, apertura, sin prejuicios, poniéndome en lugar de él y sobre todo, preguntando al Señor ¿qué hay en esta persona? ¿qué palabra o reacción de mi parte necesita ella? La actitud cristiana de ser un buen oyente de mi prójimo, requiere tardanza en el hablar. El que se apresura a opinar, aconsejar, decir, juzgar, etc. tiene grandes posibilidades de errar y no ayudar al otro, sino alejarlo. Un buen discípulo cultiva la actitud correcta.

Éstos no son todos los textos que nos muestran como Dios espera que sea nuestro hablar; son sólo algunos pero nos pueden servir de pauta para alcanzar sabiduría en este importante y determinante ejercicio humano. Cuántos problemas evitaríamos, a cuántos hermanos y prójimos salvaríamos, cuánto se desarrollaría la Iglesia, si utilizáramos mejor este recurso humano, digo Divino, que es la Lengua ¿Acaso nuestro Salvador no es el Verbo de Dios y vive en nosotros?

domingo, abril 30, 2006

UN FODA PERSONAL




Lectura bíblica: Romanos 7:7-25
Propósitos de la charla: Hacer una autoevaluación de la vida espiritual del discípulo.


Es necesario que cada cierto tiempo, si no permanentemente, cada discípulo haga una evaluación de su vida y actitudes, para encontrar respuestas más eficaces ante las exigencias del Camino de Cristo. Podemos realizar una autoevaluación, tomando papel y lápiz, y aplicando un instrumento de la actual ciencia administrativa, llamado FODA, acróstico de Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas.

Todo cristiano tiene fortalezas, debilidades, oportunidades y amenazas. Estos conceptos son perfectamente aplicables a nosotros.

FORTALEZAS
El diccionario llama fortaleza a:
- Fuerza y vigor: "el público admiró la fortaleza de los levantadores de pesas".
- Capacidad para soportar problemas y adversidades; firmeza de ánimo: "supo afrontarlo con fortaleza".
- Recinto fortificado, fortificación: "una fortaleza árabe".

En el ámbito de la fe la fortaleza es una virtud y un don de Dios (Efesios 6:10). Hay virtud de fortaleza (una de las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza) y también hay don de fortaleza (uno de los siete dones del Espíritu Santo –Isaías 11:1-: sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, conocimiento, temor de Dios y justicia). La fortaleza consiste en un poder para enfrentar toda dificultad interna y externa. Por lo tanto es una virtud que se desarrolla y un don que se recibe de Dios. El don viene a ayudarnos para desarrollar la virtud.

San Pablo es un ejemplo de fortalezas. En él encontramos:
- Una fuerte revelación de Jesucristo
- Temperamento apasionado
- Perseverante
- Obsesionado con su propósito
- Valiente
- Visionario
- Culto, inteligente
- Carácter (Gálatas 2:11-16)

DEBILIDADES.
Debilidad es, según el diccionario:
- Falta de vigor físico: "la debilidad de su corazón es preocupante".
- Falta de energía y resolución en el carácter: "su debilidad le impide enfrentarse a los demás".
- Acción cometida por falta de carácter: "fue una debilidad aceptar sus condiciones".
- Flaqueza, punto débil: "los libros son su debilidad".
- Cariño o inclinación especial: "tiene debilidad por su sobrina".

La debilidad es una falta de fortaleza en algún área (física, intelectual o espiritual), que me lleva a pecar (Romanos 14:23). Hay debilidades de la carne, del alma y del espíritu. Toda debilidad me lleva al pecado. Una debilidad de la carne es no resistir la tentación sexual y fornicar o adulterar. Una debilidad del alma es juzgar a mi prójimo y hablar mal de él. Una debilidad del espíritu es no orar y amargarse con los fracasos. La debilidad de la carne se supera con el don de temor de Jehová y ejerciendo la virtud de la templanza. La debilidad del alma y del espíritu se supera acudiendo al don de fortaleza que nos da el Espíritu Santo y desarrollando la virtud de fortaleza. Don es regalo, virtud es una capacidad que se desarrolla con esfuerzo. El don es un regalo del Señor, la virtud es producto de nuestra disposición a la acción del Espíritu Santo en nosotros.

Pablo, como todo ser humano, también tenía debilidades:
- Intransigente
- Orgulloso
- Problemas de salud
- Impulsivo
- Carácter fuerte en extremo
- Un aguijón en la carne (2 Corintios 12:7)

OPORTUNIDADES.
Oportunidad se define como:
- Momento propicio para algo: "ahora que ha bajado la Bolsa es la oportunidad de comprar".
- Venta de artículos de consumo a bajo precio. Más en plural: "planta de oportunidades de unos grandes almacenes".

Las oportunidades son circunstancias favorables a nuestras vidas, que siempre el Señor está poniendo ante nosotros (Filipenses 4:10). Hay oportunidades de diversa índole: materiales (un trabajo mejor, una casa, negocios, un viaje, etc.); sociales (un esposo/a, nuevos amigos, contactos, etc.); intelectuales (estudios, capacitación laboral, perfeccionamiento, libros, etc.); espirituales. En este último aspecto el Señor nos da oportunidades maravillosas cada día para: 1) hacer el bien (ayudar, servir, dar, amar, etc.); 2) evangelizar; 3) ministrar a Dios (orar, adorar, ofrendar, diezmar, ayunar); 4) discipular; además de las oportunidades que nos da en la comunidad cristiana de capacitación y desarrollo espiritual por medio de la enseñanza de los pastores y maestros, retiros, vigilias, cursos, etc. Todas las oportunidades son para desarrollarnos, nunca para hundirnos. La sabiduría está en aprovecharlas y no dejarlas pasar. En nuestros inicios en el discipulado, un hermano me decía "El tren pasa una vez y demora mucho tiempo en volver a pasar, si es que vuelve".

El Apóstol no desperdició las oportunidades:
- Al ser apresado por romanos, apeló a Cesar
- De predicar a reyes, judíos y gentiles
- De corregir a las iglesias y escribir sus inspiradas epístolas
- De enseñar el perdón y el amor (Filemón 8-14)

AMENAZAS.
Amenaza significa:
- Dicho o hecho con que se amenaza: "sus amenazas no lograrán intimidarle".
- Anuncio de un mal o peligro: "los gases tóxicos suponen una amenaza para nuestro medio ambiente".

El verbo amenazar sería:
- Dar a entender con actos o palabras que se quiere hacer algún mal a otro. Se construye con las preposiciones con o de: "le amenazó de muerte, con echarlo del trabajo".
- Anunciar, presagiar, o ser inminente algún mal: "la casa amenaza ruina". También: "amenaza tempestad".

Las amenazas que se ciernen sobre todo cristiano son tres: Satanás, el mundo y la carne (Efesios 6:12; Efesios 2:2; Romanos 8:7,8). Esta última es nuestra propia debilidad. Hay amenazas internas y externas.

1) Siempre tendremos amenazas internas o tentaciones; el problema está en no dejarse vencer por ellas ni tener miedo. La clave para superar el miedo a las amenazas es enfrentándolas y transformándolas en oportunidades. Si la amenaza es la tentación de caer en un pecado de la carne, huyamos de la tentación. Si la amenaza es hablar mal de otra persona en su ausencia, expresemos nuestro desacuerdo, cambiemos de tema, busquemos lo positivo. Si la amenaza es no dedicar tiempo a la comunión con Dios, obliguemos a nuestro cuerpo y alma a buscarle y bendecirle, ordenémosle "Bendice alma mía a Jehová". La peor amenaza para un discípulo es la autocomplacencia.

2) Las amenazas externas son la persecución espiritual e intelectual por nuestras creencias; la división del matrimonio, la familia y la iglesia. Sin embargo podemos transformar las amenazas en oportunidades para acercarnos a Jesucristo, fortalecernos en Él y mostrarlo a la sociedad y a la iglesia mediante actos y palabras.

El apóstol de los gentiles sintió amenazas:
- Falta de apoyo de los cristianos judíos
- Que su mensaje fuese tergiversado por las falsas doctrinas
- Que el Evangelio no fuese predicado en todo el mundo
- De cárcel
- De muerte (2 Timoteo 4:6)

Las debilidades se transforman en fortalezas y las amenazas en oportunidades que a su vez se vuelven fortalezas. En Cristo todo finalmente es éxito y fortaleza. Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece (Filipenses 4:13).

PARA REFLEXIONAR.
1) ¿Cuáles son mis fortalezas?
2) ¿Cuáles son mis debilidades?
3) ¿Qué oportunidades he tenido, tengo y podría tener?
4) ¿Cuáles son las amenazas externas e internas que yo tengo como cristiano/a?
5) Elabore un plan de acción personal para aprovechar sus fortalezas y oportunidades y para superar sus debilidades y amenazas. Antes responda a las siguientes preguntas: a) ¿Qué haré para aprovechar mis fortalezas y oportunidades?; b) ¿Qué haré para superar mis debilidades?; c) ¿Cómo enfrentaré las amenazas internas y externas?

BIBLIOGRAFÍA.
- Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe S.A., Madrid.

sábado, abril 22, 2006

EL PENSAR DEL DISCÍPULO.


Lectura bíblica: Isaías 32:8.
Propósitos de la charla: Alcanzar la renovación de la mente y aprender a pensar conforme a la mente de Cristo.


Una de las más importantes capacidades que Dios ha concedido a la raza humana, junto con la de creer y sentir, es la de razonar o pensar. Es un don que reside en lo que llamamos mente y nos lleva a discernir la realidad y a tomar decisiones frente a ella. Hay personas que hacen del pensar una verdadera profesión, tales como los filósofos, teólogos, matemáticos y quienes practican las ciencias y las artes.

El gran filósofo Martin Heidegger, investigando «¿qué significa pensar?» y refiriéndose a otro pensador, Nietzsche, afirma "Cada pensador piensa solamente un único pensamiento"

SIGNIFICADO DE LA PALABRA PENSAR.
Para comprender mejor esta capacidad dada por Dios al ser humano, vamos a analizar la etimología de la palabra, la cual tiene mucho que decirnos sobre el significado de esta palabra. Pensar es una de las funciones de la mente. La palabra deriva del verbo pendere / pensum, que significa pender, colgar. Hace referencia a la "romana", ese instrumento de pesar que usaban los romanos y que consistía en una barra horizontal de uno de cuyos extremos pendía aquello que se quería pesar.

Del verbo péndere deriva pondus, que significa "peso", nombre a partir del cual se forma otro verbo, ponderare, que tiene que ver con péndere, pero a través de su derivado pondus, con un significado especializado ya en el peso y el pesaje, pero sin que pierda el primero su capacidad de expresar también relaciones de peso. De este último derivamos los términos "ponderar", "ponderación" y "ponderado" que han sido sustraídos totalmente del área del pesaje de que proceden, para emplearse exclusivamente para designar operaciones y cualidades de la mente. Una persona ponderada es aquella que sopesa cuidadosamente las cosas antes de decidirse.

Volviendo atrás, al pensum, que en rigor significaría "aquello que ha sido colgado para ser pesado", tenemos un par de derivados que aunque cueste creerlo son primos hermanos. Tanto, que en muchos momentos coinciden ambos en la misma palabra: son pienso y pensamiento. Recordemos la expresión "ni por pienso", que significa "ni lo pienses". El pienso, además primera persona del presente del verbo pensar –yo pienso- es la comida "pesada" que se da a los animales. Entonces este término hace referencia al pesaje, en el que incidirá con más fuerza la palabra "ración", de la que deriva "razón".

De ahí se deduce que el significado original estricto de pensar es "pesar" y que los pensamientos son una sucesión de "pesajes" indispensables para tomar una decisión. A partir de ahí una cosa impensable sería aquella que por su excesivo peso no cabe en nuestro sistema de pesaje, e imponderable, palabra más refinada, aquella que por su ligereza tampoco puede ser pesada, porque nuestro sistema de pesaje no alcanza a tanta sutileza.

EL PENSAR DEL MUNDO.
El modo de pensar del mundo es prescindiendo de la fe: "Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro; y ellos pensaron que hablaba del reposar del sueño" (San Juan 11:13). O reemplazar ésta por la superstición: "Viéndole ellos andar sobre el mar, pensaron que era un fantasma, y gritaron" (San Marcos 6:49).

El pensamiento del mundo deja afuera a Dios o le culpa de todos los males del hombre: "Y aunque yo los enseñé y fortalecí sus brazos, contra mí pensaron mal" (Oseas 7:15). La máxima expresión de ello será el anticristo, cuyo espíritu ya se siente en el ambiente: "Y hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará, y pensará en cambiar los tiempos y la ley; y serán entregados en su mano hasta tiempo, y tiempos, y medio tiempo" (Daniel 7:25).

El mundo tiene su propio concepto de justicia, en la cual no cabe la misericordia ni la generosidad: "Al venir también los primeros, pensaron que habían de recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario" (San Mateo 20:10).

El mundo ocupa su mente en pensar el mal: "Cierra sus ojos para pensar perversidades; Mueve sus labios, efectúa el mal" (Proverbios 16:30)

Pero el pensar del Reino de Dios es todo lo contrario: "Pero el generoso pensará generosidades, y por generosidades será exaltado" (Isaías 32:8).

UNA RENOVACIÓN DEL MODO DE PENSAR.
"No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta" (Romanos 12:2). Conformarse a este siglo significa amoldarse a la manera de ser del mundo; tomar los mismos principios de la sociedad corrupta. El apóstol nos invita en este texto a una "metamorfosis", un cambio de forma o transformación. El cristianismo es una completa transformación de la persona, lo cual se puede llevar a cabo si nuestro entendimiento es renovado. Renovarse es volverse nuevo, ser de nuevo; ya no somos los antiguos hombres y mujeres que éramos, sino que ahora somos pequeños Cristos, con una mente y modo de pensar nuevos, a imagen de Jesús, nuestro Maestro. Al cambiar nuestra comprensión de las cosas, comenzamos a sentir y actuar de un modo distinto, la persona comienza a ser transformada, metamorfoseada en Cristo. La transformación y la renovación son ejecutadas por el Espíritu Santo que fue depositado o vino a morar en nosotros el día que aceptamos el Señorío de Cristo.

COMO PENSAR SOBRE SI MISMO.
El acto de pensar puede darse sobre asuntos externos como la naturaleza, los demás, Dios, alguna idea abstracta, etc. Pero también nos pensamos a nosotros mismos; cada persona dedica gran tiempo de su vida a reflexionar y pensar sobre sí, y así construye una autoimagen y una ponderación de quien es. Tener un autoconcepto equilibrado es una tarea no fácil que cada cristiano debe enfrentar. En pesarnos a nosotros mismos podemos equivocarnos y ser demasiado exigentes o bien condescendientes: "Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí mismo que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de la fe que Dios repartió a cada uno" (Romanos 12:3).

CONSEJOS DIVINOS ACERCA DEL PENSAR.
Dios nos ha dado libertad en el pensamiento. Podemos imaginar, fantasear, construir ideas, relacionar pensamientos, crear, inventar, diseñar con nuestra mente, viajar, etc. pero todo esto tiene unos límites dados por la Ética cristiana. ¿Qué es correcto pensar? ¿Qué sería incorrecto? La Biblia aconseja ocupar nuestra capacidad de pensar para todo aquello que sea constructivo para otros y nosotros mismos. No es conveniente pensar en el mal de otros, en como vengarse, en asuntos deprimentes, en lo banal burdo o grosero, en el fracaso, sino en todo lo que edifica el Reino de Dios en la tierra. "Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad" (Filipenses 4:8).

1) Estar preparados para las consecuencias de nuestro pensar
Hay pensamientos equivocados que generan persecución. Jesucristo advirtió a sus apóstoles que serían perseguidos hasta por sus hermanos. Esta advertencia es para todos los cristianos; encontramos la persecución entre los de nuestra propia familia o pueblo. Ellos pensarán equivocadamente de nosotros. El mundo piensa diferente a los cristianos. A veces hay quienes creen que sirven a Dios y la verdad, matando creyentes: "Os expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios" (San Juan 16:2)

2) Aprender a pensar a Dios.
Como criaturas pensantes, también imaginamos a Dios. El pensamiento se vale de la imaginación para explicarse el mundo, sobre todo aquellos aspectos de la vida que son más desconocidos, como Dios, la muerte, la vida ultraterrena, etc.. En este imaginar a Dios, muchas veces damos a Él características humanas. La Escritura nos recomienda que "Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres" (Hechos 17:29).

3) Ser medidos en el pensar.
A veces vamos más allá de las palabras y escritos de otros, lo cual nos lleva a juicios inapropiados. Nos dejamos llevar por nuestros pensamientos no siendo justos. Esto produce daño tanto a otros como a nosotros mismos. Es necesario que aprendamos la prudencia y sobriedad en el pensar: "Pero esto, hermanos, lo he presentado como ejemplo en mí y en Apolos por amor de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no pensar más de lo que está escrito, no sea que por causa de uno, os envanezcáis unos contra otros" (1 Corintios 4:6).

4) Pensar en forma madura.
El Señor nos invita a volvernos tan puros, inocentes y sumisos como lo son los niños; Él nos llama a aceptar el reino de Dios con un modo de pensar abierto a la voluntad de Dios. Ser como niños no significa ser infantiles. Todo lo contrario, Dios desea que alcancemos madurez espiritual: "Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar" (1 Corintios 14:20).

5) Adjudicar la competencia de la Iglesia a Dios.
Los cristianos no debemos pensar que la enseñanza es nuestra, puesto que todo el contenido de la fe ha sido revelado por Dios y esa revelación continúa siendo entregada a la Iglesia por acción del Espíritu Santo, a través de los ministros de Dios. Como lo declara el apóstol al referirse al ministerio del Nuevo Pacto: "no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios" (2 Corintios 3:5).

La palabra "ministerio" significa servicio; en el mundo político-administrativo designa un departamento de gobierno dedicado a algo específico; en el mundo eclesial se nomina así una organización interdenominacional dedicada a una misión particular. En el contexto se refiere a la tarea de los ministros de Dios.

6) Evitar doctrinas nocivas.
"Yo confío respecto de vosotros en el Señor, que no pensaréis de otro modo; mas el que os perturba llevará la sentencia, quienquiera que sea" (Gálatas 5:9-11). El apóstol está preocupado porque entre los hermanos de Galacia hay judaizantes que están predicando que la salvación no es completa si no se cumple también la Ley; para esto los cristianos deben, además de los ritos del bautismo y la Cena del Señor, cumplir las ordenanzas del Antiguo Testamento. Hacerlo es invalidar la gracia de Dios, es volver atrás negando la salvación dada por medio de Jesús. Pablo les recuerda como deben pensar ellos respecto a este asunto. El que perturba tendrá su propia sentencia de parte de Dios y los demás no debemos dejar arrastrarnos por tales pensamientos. Hay doctrinas que son nocivas para nuestra fe.

7) No dejarse convencer fácilmente por cualquier pensamiento.
"que no os dejéis mover fácilmente de vuestro modo de pensar, ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabra, ni por carta como si fuera nuestra, en el sentido de que el día del Señor está cerca." (2 Tesalonicenses 2:2). El contexto está referido a un asunto específico, la segunda venida del Señor Jesucristo a la tierra –la doctrina de la "Parusía" (1 Corintios 15:23)- pero es útil para cualquier asunto de creencias; tratemos de no conturbarnos, extraviarnos, confundirnos con otro tipo de pensamientos. Sobre todo cuidarnos de aquellas ideas que nos apartan de la fe. Esta es el tesoro más precioso de los cristianos. Conturbar es alterar, inquietar, intranquilizar el ánimo.

Finalmente, es preciso decir que hay un razonamiento que a todos los cristianos nos embarga; algo que nos lleva hacia delante y emana de la fe en Jesucristo, pero más aún, es una fuerza que proviene del Espíritu Santo que vive en cada cristiano. Esta fuerza se abre paso en nuestro ser, en medio de todas las asperezas y defectos que hay en nosotros. Paulatinamente se va instalando un modo de pensar, sentir y actuar que es el de nuestro Señor. La obligación nuestra es orar para que este proceso continúe y se agilice en nosotros, como también cambiar toda actitud mental negativa que impide Su Reino es nuestra vida. La Escritura es tajante en afirmar que los cristianos "tenemos la mente de Cristo" (1 Corintios 2:16). Apuremos Su trabajo en nosotros disponiendo también toda la mente a Él.

PARA REFLEXIONAR.
Analice los siguientes textos bíblicos, a la luz de lo que significa pensar conforme a la mente de Cristo:
1) "No quisieron oír, ni se acordaron de tus maravillas que habías hecho con ellos; antes endurecieron su cerviz, y en su rebelión pensaron poner caudillo para volverse a su servidumbre. Pero tú eres Dios que perdonas, clemente y piadoso, tardo para la ira, y grande en misericordia, porque no los abandonaste" (Nehemías 9:17).
2) "Aunque afligido yo y necesitado, Jehová pensará en mí. Mi ayuda y mi libertador eres tú; Dios mío, no te tardes" (Salmos 40:17).
3) "Aunque él no lo pensará así, ni su corazón lo imaginará de esta manera, sino que su pensamiento será desarraigar y cortar naciones no pocas" (Isaías 10:7).
4) "Proponed en vuestros corazones no pensar antes cómo habéis de responder en vuestra defensa" (San Lucas 21:14)
BIBLIOGRAFÍA
1) «¿Qué significa pensar?», Martin Heidegger, Traducción de H. Kahmemam, Buenos Aires, Nova.
2) http://www.elalmanaque.com/diciembre/21-12-eti.htm